Historias de nuestra comuna | Leopoldo Marechal
Hombre de Balvanera
Leopoldo Marechal nació el 11 de julio de 1900, en Buenos Aires. Hijo primogénito, tuvo dos hermanos, Hortensia y Alberto. En 1916 ingresa a la Escuela Mariano Acosta. Su padre muere en julio de 1919, víctima de una fiebre mal curada, por no poder faltar al trabajo y perder su jornal. Los Marechal, de común acuerdo, resuelven que Leopoldo seguirá estudiando: está por recibirse de maestro. Su hermano menor Alberto va a trabajar a la fábrica, en lugar del padre. Al poco tiempo Leopoldo ingresa en la Biblioteca Popular Alberdi como bibliotecario y trabaja como docente en escuelas de la ciudad. Buenos Aires, 4 de julio de 2011. En La Perla del Once, en los primeros años de la década de 1920, Marechal se reunía semanalmente con otros jóvenes, entre ellos Jorge Luis Borges, Xul Solar y Raúl Scalabrini Ortiz. Los atraía la figura magnética de Macedonio Fernández, un escritor y vagabundo mucho mayor que ellos, que los asombraba con sus elucubraciones metafísicas y los estimulaba a pensar fuera de los cánones establecidos.
En 1922 publica su primer libro de poemas Los aguiluchos e inicia su vida bohemia, junto con su amigo Horacio Schiavo y otros. Se conecta a la revista Proa, en 1923, y participa activamente en el movimiento vanguardista argentino. En 1925 inicia su colaboración en la revista Martín Fierro.
En 1926, una vez publicado su segundo libro Días como flechas, viaja a España. Toma contacto con escritores de la Gaceta Literaria. Se traslada a París, donde se reúne con varios artistas plásticos y poetas argentinos amigos. Entre ellos están José Fioravanti, Francisco Luis Bernárdez, Antonio Vallejo y Jacobo Fijman.
Al regresar, retoma la docencia e ingresa como redactor fundador del diario El Mundo, donde trabaja hasta 1929, en que funda Libra, junto a Francisco Luis Bernárdez, revista de la que sale un solo número. Luego ganó el Primer Premio Municipal de Poesía por su libro Odas para el hombre y la mujer.
En 1931, conoce a María Zoraida Barreiro, joven profesora de letras, con la que se casa en el 34. Viven en México y Loria. Mas tarde se mudan a un departamento de Avenida Rivadavia al 2300, desde el que presenció la movilización del 17 de octubre del 45.
Continúa con su tarea docente y edita Laberinto de amor (1936), Poemas australes (1937), con los que gana el tercer premio nacional de poesía. Le siguen Historia de la calle corrientes (1937), Descenso y ascenso del alma por la belleza (1939), El niño Dios (1940). Con El Centauro y sonetos a Sophia (1940) recibe el Primer Premio Nacional de Poesía.
En plena juventud, en 1947, fallece su esposa, dejando dos niñas pequeñas. Sufre una fuerte conmoción, se enfrasca aún más en su trabajo y reelabora su tan postergado Adán Buenosayres, que ve la luz en 1948.
Luego escribe el Canto a San Martín al que le pone música el brillante compositor Julio Perceval. Se estrena en el Cerro de la Gloria, el 30 de diciembre de 1950. En 1951 se estrena, en el Teatro Nacional Cervantes, Antígona Vélez que luego recibiría el Primer Premio Nacional de Teatro.
El 24 de marzo de 1953 fallece su madre. Comienza paulatinamente su aislamiento, que recrudece al jubilarse, tras la caída del gobierno del General Perón. Se autodefine "el poeta depuesto". Comienza a relacionarse con nuevos escritores y recibe la visita de jóvenes interesados en su obra poética y en su Adán Buenosayres, que se estudia en la universidad. Antígona Vélez se conoce en París, en 1962, con puesta de Juan Oscar Ponferrada. En 1965 se edita su segunda novela El banquete de Severo Arcángelo por la que recibe el Premio Forti Glori.
En 1967 viaja a Cuba invitado por la Casa de las Américas para formar parte del jurado del certamen anual de literatura. En noviembre del mismo año se estrena La batalla de José Luna bajo la inteligente dirección de Jorge Petraglia quien, entre otras obras que le facilitó Marechal, elige la mencionada. Publica Autopsia de Creso y el Poema de robot.
Leopoldo Marechal falleció el 26 de junio de 1970. Estaba en imprenta su tercera novela Megafón o la Guerra que ve la luz un mes después.
De la soledad
Desatado de guerras,
oigo cantar mi viento.
Yo recogí mi corazón perdido
sobre la muchedumbre de las aguas.
Yo soy un desertor entre las huestes
que asaltaron el día.
Bellos como las armas relucen mis amigos:
desde los pechos al talón se visten
con el metal de la violencia.
Ellos imponen su color al mundo,
le arrojan la pedrada del boyero
y atizan el ardor de sus caballos,
para que no se duerma.
Como la espada cortan mis amigos:
bajo su peso tiemblan
las rodillas del día.
Mi corazón no tiene filos de segador:
yo no encendí banderas ni encabrité mi sombra.
No sé lanzarme, recogido y fuerte,
como la piedra del boyero.
¡Ay, negrean los días,
y es tangible su miel!
Sobre su tiempo bailan mis amigos.
¡Quién supiera bailar sobre las uvas,
ágil en la dureza,
bello como las armas!
Algo hay en mí que pesa de maduro,
grita su madurez, pide su muerte:
se derrumba, total, como la sombra
que nace del verdor.
Mi viento desaté sobre mi tierra,
volvióse contra mí toda mi llama:
podado con mi hierro, nutrido de cenizas
creció mi corazón hasta su otoño.
¡Ay, grosura de otoño
quiere ser mi congoja,
y dispersión de mar enriquecido!
Si a mi madura soledad entraras,
amiga, por el puente de las voces,
y pudieras, amigo, sofrenar tu caballo
debajo de mi sombra,
tal vez el manso día no cayese
doblando la rodilla
ni el mundo reclamara la piedra del boyero.
(Desierto está el camino de las voces,
sin freno los caballos.)
Una ciudad a mi costado nace:
su infancia es paralela de la mía y retoza
más allá de mi muerte.
Herreros musicales inventan la ciudad,
afirman su riñón, calzan su pie:
¡baila desnuda al son de sus martillos
la edad de los herreros!
Y el corazón de la ciudad se forja
con el puro metal de las mujeres,
y sobre los metales castigados
es bella y sin piedad esta mañana.
Pero los niños ríen de espaldas a la tierra
o en la margen del gozo:
conspiran bajo el sol de los herreros
para que tenga un alma la ciudad.
De Odas para el hombre y la mujer 1929
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