Comunales | En la víspera de la final
Pidiendo a San Expedito
La mañana del 19 de julio encontró a Balvanera envuelta en una mezcla de fe, viento helado y camisetas albicelestes. Desde muy temprano, miles de personas se acercaron a la Parroquia Nuestra Señora de Balvanera para honrar a San Expedito, el santo de las causas urgentes, en una jornada que coincidió con la previa de la final del Mundial entre Argentina y España. La escena, habitual cada mes, adquirió esta vez un tono distinto: la devoción religiosa se fusionó con la ansiedad futbolera y convirtió la esquina de Bartolomé Mitre y Azcuénaga en un punto de encuentro donde las plegarias por salud, trabajo y protección convivieron con el deseo colectivo de ver al equipo de Lionel Scaloni levantar la copa. Buenos Aires, 21 de julio de 2026. A pesar de la lluvia intermitente y el viento que obligaba a ajustar camperas y bufandas, la fila sobre Azcuénaga se extendió más de doscientos metros. Familias enteras, grupos de amigas, matrimonios jóvenes y adultos mayores avanzaban con paciencia, velas verdes y rojas en las manos, estampitas en los bolsillos y camisetas de la Selección sobre los abrigos. Muchos habían llegado desde localidades del Conurbano bonaerense, cumpliendo promesas hechas en partidos anteriores o agradeciendo favores recibidos. La devoción por el santo, un militar romano del siglo IV ejecutado tras convertirse al cristianismo, se mezclaba con la convicción de que las cábalas deben respetarse y que cualquier gesto puede inclinar la suerte del equipo nacional.
Entre los testimonios que surgían en la fila, Belén Punte relataba su viaje mensual desde San Andrés de Giles, motivado por la recuperación cardíaca de su hija. Esta vez, además de las velas tradicionales, llevaba puesta la camiseta argentina como parte de una cábala familiar que, según decía, “no se puede romper justo hoy”. A pocos metros, un grupo de madres de Gregorio de Laferrere encendía velas con cuidado para evitar que el viento las apagara. Habían prometido volver al templo si Argentina lograba revertir un resultado adverso contra Cabo Verde, y el gol inmediato que siguió a su plegaria convirtió la visita en una obligación antes de la final. Una de ellas bromeaba sobre cortar la vela para encenderla directamente en la parte roja, convencida de que allí reside la suerte.
La numerología también ocupaba su lugar en la mística de la jornada. Varias mujeres mencionaban la coincidencia entre el día 19 y el dorsal que Lionel Messi utilizó en el Mundial 2006, cuando la camiseta número 10 pertenecía a Juan Román Riquelme. “Siempre venimos los 19 porque Messi usó la 19”, decía una fiel, convencida de que la fecha tenía un significado especial. Julieta Mazzei, de 33 años, salía emocionada del templo con una bandera argentina atada como capa. Contaba que se volvió devota durante la pandemia, cuando quedó varada lejos de su familia, y que desde entonces acude cada mes con las amigas que la acompañaron en aquel momento difícil. “Cuando nos dimos cuenta de que la final caía justo el 19, dijimos que había que venir. Argentina tiene una numerología tremenda”, afirmaba.
La figura de Diego Maradona también apareció en los relatos. Una mujer mostraba una foto del vestuario de la Selección donde se veía la imagen de San Expedito y explicaba su conexión espiritual con el astro: “En mi perfil tengo al Diego con la Tota. Tengo un manto que me trajo mi hijo de Nápoles. Le digo: ‘Diego, hacelo por la Tota’. Hoy lo voy a repetir porque hay conexión directa”. Para muchos, la presencia simbólica de Maradona sigue siendo un puente entre la fe popular y el fútbol, una especie de intercesión afectiva que se renueva en cada instancia decisiva.
Cada quince minutos, el sacerdote salía a la vereda para bendecir a los fieles que se acercaban con sus velas. Algunos levantaban llaves, otros sostenían mascotas enfermas, otros extendían banderas argentinas. Las plegarias se mezclaban en un murmullo constante mientras el sacerdote recitaba la oración del santo. En medio de las gotas de lluvia y las de agua bendita, dos mujeres se abrazaban frente a la imagen de San Expedito y repetían en voz baja sus pedidos personales antes de gritar “¡Vamos Selección!” con una mezcla de fervor y esperanza.
La expectativa por la final se colaba en cada conversación. Un hombre de Adrogué decía que venía a agradecer y a pedir que Argentina saliera campeón. Una mujer, visiblemente emocionada, aseguraba que la lluvia y el frío no importaban porque “es un día muy especial”. Otra afirmaba que “por la Selección hacemos todo” y que el equipo “es todo lo que está bien”. La convicción de que Argentina traería la copa recorría la fila como una corriente de energía compartida.
Balvanera vivió así un 19 de julio distinto, marcado por la unión entre la fe y el fútbol, dos lenguajes que en la cultura argentina suelen encontrarse con naturalidad. En la antesala de la final, la parroquia se convirtió en un espacio donde las promesas, las cábalas, los agradecimientos y las ilusiones confluyeron en un mismo pedido colectivo: que San Expedito intercediera, una vez más, por las causas urgentes de un país que, entre velas y banderas, buscaba un nuevo capítulo de gloria.
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