Comunales | Vigencia de un clásico

Los Angelitos de Balvanera

La historia del Café de los Angelitos condensa más de un siglo de transformaciones de Buenos Aires: nació como un bar de malevos en una esquina popular de Balvanera, se convirtió en escenario de payadores y en punto de reunión de Carlos Gardel y José Razzano, fue ámbito de discusión política y refugio de escritores, inspiró un tango que lo inmortalizó y, tras su cierre en los años noventa, resurgió como espacio cultural y turístico que hoy integra el patrimonio de los Bares Notables. Su trayectoria, atravesada por la vida callejera, la música, la política y la memoria porteña, explica por qué aquel rincón de Rivadavia y Rincón sigue siendo uno de los templos simbólicos del tango y de la identidad urbana. Buenos Aires, 25 de agosto de 2026. La esquina comenzó a funcionar alrededor de 1890 bajo el nombre de Bar Rivadavia, fundado por Battista Fazio, un inmigrante italiano que abrió un local modesto, con piso de tierra y ambiente popular. Por entonces, Balvanera era un barrio atravesado por mercados, oficios y una intensa vida callejera, lejos de la postal turística que hoy lo identifica. El bar se convirtió rápidamente en un punto de encuentro donde se jugaba al billar, se conversaba, se bebía y, sobre todo, se escuchaba cantar. Allí floreció la payada, una de las expresiones fundamentales de la canción criolla antes de la consolidación del tango. Por sus mesas pasaron figuras como Gabino Ezeiza, Higinio Cazón y José Betinotti, que marcaron la tradición oral y musical de la época.

El nombre Café de los Angelitos surgió de una ironía policial. Según la tradición recogida por el Gobierno porteño, el lugar era frecuentado por taitas, malevos y personajes de “mal vivir”, y las peleas eran frecuentes. Un comisario (dicen que fue Yrigoyen, vecino del barrio, cuando ejerció ese cargo) comenzó a referirse a los habitués como “los angelitos”, y la expresión quedó instalada entre los parroquianos. En 1919 el local fue adquirido por Ángel Salgueiro, quien lo refaccionó y lo reinauguró al año siguiente con el nombre que lo haría célebre. En la fachada se colocaron dos figuras de yeso que representaban a esos angelitos, consolidando la identidad del café.

Con el cambio de siglo, la esquina adquirió una importancia creciente en la cultura popular porteña. Carlos Gardel y José Razzano establecieron allí, desde 1912, la mesa de su barra, que se convirtió en uno de sus puntos de encuentro habituales. El café quedó ligado a los inicios de la carrera discográfica de Gardel, primero como solista para la Casa Tagini y el sello Columbia, y luego como dúo contratado por Max Glücksmann para Disco Nacional Odeón. Gardel vivió además durante un período en la calle Rincón, a una cuadra del café, lo que reforzó la relación entre el músico y aquel rincón de Balvanera. La esquina fue testigo de conversaciones, ensayos informales y reuniones que formaron parte de la vida cotidiana del Zorzal Criollo.

El café también fue un espacio de intensa actividad política. A pocos metros funcionaba desde 1927 la Casa del Pueblo del Partido Socialista, y la cercanía convirtió al establecimiento en un punto habitual de encuentro de dirigentes como Juan B. Justo, Alfredo Palacios, Américo Ghioldi y Nicolás Repetto. Políticos de la Unión Cívica Radical también frecuentaban el lugar, en una época en la que los cafés porteños eran verdaderos foros de discusión pública. En las mismas mesas podían cruzarse músicos, escritores, militantes, trabajadores, periodistas y personajes de la noche, reflejando la heterogeneidad social de Buenos Aires.

Con el paso de las décadas, la relación del establecimiento con el tango se profundizó. Por sus mesas pasaron Osvaldo Pugliese y Aníbal Troilo, además de Gardel y Razzano. También se vinculan al café nombres como Florencio Parravicini, Roberto Arlt, los hermanos Discépolo, Carlos de la Púa, Tito Lusiardo, Nicolás Olivari y los hermanos González Tuñón. No todos fueron habitués constantes, pero la tradición histórica los asocia a un espacio que funcionó como punto de encuentro de artistas e intelectuales que marcaron la cultura porteña.

En 1944, José Razzano y Cátulo Castillo compusieron el tango “Café de los Angelitos”, que evocaba la época de los payadores y de Gardel y recordaba al café como un lugar de encuentro de una generación que comenzaba a quedar atrás. La canción, popularizada por Alberto Marino con la orquesta de Aníbal Troilo, convirtió al establecimiento en símbolo del imaginario tanguero y reforzó su presencia en la memoria colectiva.

Como muchos cafés tradicionales, Los Angelitos sufrió el deterioro edilicio y cerró sus puertas en 1992. Durante años la esquina permaneció vacía, pero vecinos y la Asociación Amigos del Café de los Angelitos impulsaron su recuperación. El lugar fue reconstruido desde sus cimientos y reabrió el 19 de junio de 2007, con una estética que recuperó elementos históricos y sumó una colección fotográfica destinada a preservar su memoria. El nuevo complejo incorporó además un espacio de cena-tango-show que lo integró al circuito turístico internacional sin perder su identidad de cafetín porteño.

Hoy el Café de los Angelitos forma parte del programa Bares Notables y fue declarado Sitio de Interés Cultural por la Legislatura en 2004. Su historia, que combina música, política, literatura y vida barrial, sigue siendo un ejemplo de cómo ciertos lugares condensan la identidad de Buenos Aires y se convierten en escenarios donde la ciudad escribe, una y otra vez, su propia leyenda.


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