Sociedad | 12 de Octubre

¿Raza o Diversidad?

Como se recuerda el día en que Colón llegó a las costas de nuestro continente, habla de cómo nos definimos en este tiempo. Milei decidió restablecer la denominación “Día de la Raza” como parte de un giro explícito en la política cultural y simbólica del Estado. Según la fundamentación oficial, el nombre adoptado en 2010 -Día del Respeto a la Diversidad Cultural- habría “desdibujado” ese hito histórico y el “encuentro de dos mundos” que, para el Ejecutivo, dio origen a la matriz hispanoamericana del país. Buenos Aires 14 de octubre de 2026. La decisión de volver al nombre “Día de la Raza” expresa, en primer lugar, una reivindicación de la matriz hispánica como núcleo identitario. El Gobierno sostiene que la denominación “Día del Respeto a la Diversidad Cultural” habría desplazado el eje hacia una lectura de la historia, asociada al multiculturalismo y a las políticas de reconocimiento de pueblos originarios. Al restituir la nomenclatura tradicional, Milei busca reafirmar una narrativa de continuidad civilizatoria entre España y la Argentina, en la que el “descubrimiento de América” se presenta como el punto fundacional de la cultura occidental en el continente.

Ese gesto se inscribe en una batalla cultural más amplia, en la que el oficialismo procura desarmar los consensos construidos durante las últimas dos décadas en torno a la diversidad, los derechos humanos y las políticas de memoria. Esto se traduce en una serie de intervenciones simbólicas: cuestionamientos a la ESI, revisión de políticas de género, desfinanciamiento de organismos vinculados a la diversidad cultural y, también, la resignificación del 12 de octubre. En todos los casos, la operación consiste en deslegitimar marcos interpretativos que enfatizan la pluralidad cultural, la desigualdad histórica y la violencia colonial, para reemplazarlos por una lectura centrada en la tradición occidental, la herencia europea y la idea de una identidad nacional homogénea.

Sin negar el aporte europeo, la mirada libertaria esconde nuestra realidad mestiza, común a todo el continente. Más de la mitad de las y los argentinos tenemos ascendientes aborígenes. Esto es así casi desde el principio de la presencia europea en nuestras tierras. Tanto que la segunda y definitiva fundación de Buenos Aires fue realizada por “hijos de la tierra”, nacidos en Santa Cruz de la Sierra (hoy Bolivia) y Asunción (Paraguay), de padres españoles y madres guaraníes. Y ese fue apenas el comienzo.

Estas tierras de nuestra América fueron pobladas desde temprano por personas provenientes de todo el mundo, no sólo de Europa. Algunos, forzados a hacerlo, vinieron de África y luchando por su libertad fueron parte de las Guerras de la Independencia, como Juan Bautista Cabral, María Remedios del Valle o Bernardo de Monteagudo. Otros, escapando de la pobreza y la guerra, vinieron de Asia Occidental y se afincaron en muchas provincias donde terminaron destacándose como los Menem, Jalil, Manzur, Saadi y otros tantos. Más cerca en el tiempo, contingentes coreanos, chinos y japoneses se integraron a nuestro “crisol de razas”. Esa diversidad es la principal riqueza de nuestra identidad y no se la puede borrar con gestos autoritarios desde el gobierno.


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